domingo, 31 de enero de 2021

EL POSITIVISMO COMO FUNDAMENTO FILOSÓFICO DEL CIENTIFISMO

 

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El Positivismo (o Filosofía Positiva) es una doctrina filosófica que declara que el único saber fidedigno y, por tanto, autorizado es el Conocimiento Científico (o Ciencia Empírica), y que tal saber sólo puede manar del Método Científico.

 

Como resultado de esta “fanatizada” (y desmedida) actitud, los positivistas critican, despiadadamente, a la “vieja” Metafísica (más allá de la física); llegándola a  describir como una trasnochada pseudociencia. Y todo ello a pesar de ser, la ya citada, una incansable escrutadora de “lo que está más allá” de la mismísima ciencia. Para el Positivismo dominante, éste es su gran valor y su gran pecado.

 

No olvidemos que, el Positivismo, proviene del Empirismo, del Utilitarismo y de la Epistemología (o Teoría del Conocimiento Científico). Siendo sus principales impulsores, a principios de la era contemporánea,  los filósofos de la ciencia, franceses los dos, Henri de Saint-Simon (1760 - 1825) y Auguste Comte (1798 - 1857), y el filósofo utilitarista, británico, John Stuart Mill (1806 – 1873).

 

Como crítica desapasionada, hacia este idolatrado sistema filosófico, podemos destacar, a través de sus postulados, una indisimulada tendencia a dar una enorme valía a los conocimientos científicos, o supuestamente científicos, en contra de la innegable espiritualidad de la PERSONA. Por todo ello, al ser la escuela de pensamiento imperante en la actualidad, goza de todos los parabienes de las democracias liberales. Todas ellas hegemónicas en el orbe occidental.

 

Como colofón, a todo lo previamente expuesto, el resultado final para la PERSONA, en su contemporáneo transcurrir, es deprimente por ser catalogada, la misma, como un objeto (científico, analítico, numérico o económico) más de estudio. Por lo que, en referencia al trato o atención sobre una PERSONA cualquiera, se pasa de la humanizada Identidad del sujeto al simple estudio, trámite o acción, sobre un “subordinado” objeto desnaturalizado. En conclusión:

 

La PERSONA es “rea” -¡y sin respuesta!- a su desacralizada identidad

 

 

Santiago Peña

 

 

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domingo, 20 de diciembre de 2020

SOBRE LA NOÉTICA

 

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Tesis:

 

La estaticidad de la Idea y la dinámica de la percepción.

Lo intangible es lo real y lo percibido es lo aparente.

Lo intangible es estático y lo aparente es dinámico.

Lo intangible es inmutable y lo aparente es cambiante.

 

Con estas cuatros formas venimos a decir lo mismo: los nombres son una manera artificial de imponer estabilidad al flujo (o devenir) de la realidad: «llamando a esto "río", pretendo que sea una identidad (Idea, o un Universal)» (Platón). Por todo ello:
 

Lo que cambia se hace palpable pero es una falsedad.

La inmutabilidad está oculta pero es verdadera.

 


Síntesis:

 

La percepción solo puede captar el cambio de las cosas y, por el contrario, la idea de algo (o su esencia), por ser intangible, es, siempre, la misma.

 

Definiciones:

Partiendo de este juicio, ¿Qué entendemos, entonces, por Noética?

Es un adjetivo perteneciente, o relativo, a la Noesis (o Nous). Por lo que, la Noética, es un campo de la filosofía que investiga el razonamiento (o intelecto), fundamentalmente, concerniente a la finalidad (o idea) y su comprensión. En un tipo de expresión más “corriente” sería, algo así, como la “intuición” o el “saber latente”. El insigne Georg Wilhelm Hegel (1770 – 1831), como gran representante del idealismo filosófico alemán, la definió, magistralmente, como “el saber absoluto”.

Por tanto, la Noética es una singularidad filosófica que indaga la esencia de la conciencia; utilizando para ello diversos procedimientos de discernimiento, conteniendo el “saber latente”, el sentir, el intelecto y las percepciones. En consecuencia, la Noética indaga la naturaleza más íntima del pensamiento (la cognición, la substancia o Espíritu) y cómo, ésta, a su vez, se vincula con el mundo físico.

Y, por último, para Platón, su principal divulgador y valedor, la Noesis constituye la categoría más noble de conocimiento al ser considerada una singular facultad del Alma que, efectivamente, posibilita la adquisición natural de las ideas y, por consiguiente, de la auténtica realidad.

 

 
Conclusión:
 
Las percepciones son percepciones y nada más. Éstas pueden llegar a engañarnos; el pensamiento (puro o íntimo) jamás.
 

 

Santiago Peña

 

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domingo, 26 de julio de 2020

EL GOZO POR LA CONTEMPLACIÓN


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El Quietismo (Miguel de Molinos, teólogo español, 1628 – 1696) fue una actitud filosófica (que en tiempos, ya pretéritos, tuvo una base mística) de búsqueda de la contemplación por la neta y llana admiración. Del goce límpido, puro; etéreo. El contacto físico no se pretende ni se vislumbra. Nada material ni pecaminoso; solo el arrobo, la inocencia y el candor.

Es por ello que, el éxtasis ante cualquier tipo de belleza (tanto desde la más pura espiritualidad, así como desde los más elementales sentidos), no necesariamente nos tiene que arrojar a un deseo irrefrenable de apropiación o posesión física de nada ni de nadie.

Por ejemplo: una obra pictórica, inicialmente, se observa, se contempla y, si agrada, se admira. ¿Poseerla?...  ¿Por qué y para qué? No somos bestias salvajes, ni sedientos seres primitivos, subyugados en una permanente (e irresistible) excitación.

Sólo somos PERSONAS, espíritus extenuados, y maltrechos, ante la pertinaz solitud; figuras guerreras anhelantes de harmonía, de luminosidad y de amor hacia todo lo que nos rodea; en una declaración inquebrantable de amar. De una búsqueda irresoluble de la “otra mitad” y de la teórica perfección ante una idealizada unión. De amar, sin fisuras, a toda la humanidad. De una humanidad huérfana de unidad, de luz y de amor.

Gracias a este cardinal impulso (una gran mayoría) nos sentimos atraídos por la Belleza. Por ser, ésta, testigo último de su primigenia luz; de un remanso inmaculado, e infinito, de quietud, de permanente éxtasis y, por ende, de perennidad.
 

El proceso último de la quietud es la culminación de lo eterno


El Sabio, como prueba de lo vivido, transita, sin pretenderlo, en paz consigo mismo y con todos los demás. Vive en la Luz, por la Luz y para la Luz. Por lo que, la sabiduría, no dispone ni de aristas ni de atajos. El Sabio (participante) solo puede vivir en la Verdad; convertido en un adalid (o personificación) de la Bondad. Estos personajes (extraordinarios, escasos y únicos) de todo pueden gozar: desde la cuasi mística contemplación hasta la dinámica y “luchadora” acción. La ingratitud de algunos no es obstáculo para seguir cabalgando en el excelso “Unicornio Blanco”, sin descanso y sin desmayo. Todo por el bien de todos y nada para él. ¿La recompensa? la absoluta paz: en la vida presente y en la Eternidad.

En consecuencia, la trágica, y acelerada, regresión de la presente humanidad, es un palpable testimonio del abandono (poco más o menos) irreversible de la (verdadera) Belleza: la que desprende Luz, una Luz celestial. Perfección del infinito; más allá de la mismísima Eternidad.


Santiago Peña


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