lunes, 11 de agosto de 2014

¿POR QUÉ EL ALMA ES LA BASE FUNDAMENTADORA DE NUESTRA LIBERTAD?


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 ¡Alma incorpórea, abarcando la totalidad!


Nos sentimos completamente libres cuando nuestras reflexiones se generan desde lo más profundo de nuestro ser. Pensamientos puros expandiéndose hacia el Infinito; pensamientos puros permaneciendo en la eternidad.

Somos conciencia de nuestra presencia en el universo; somos nuestra verdadera identidad… y somos la prístina esencia de nuestra unidad.

Nuestro deseo de Libertad es obra de nuestra individualidad.

Fruto de nuestra conciencia (pura) forjamos (nuestra) realidad. Solo, desde el ser, somos generadores de una “realidad libre” (transcendente) y, por lo tanto, verdadera.


Alma, principio rector de nuestros pensamientos

Los pensamientos son los principales instigadores de una búsqueda inquebrantable de independencia. Si no pensáramos no sabríamos en que consiste la Libertad; si verdaderamente existe, si ha existido o si, algún día, existirá.

El Alma es “señora” inherente de la Libertad; prueba de lo intangible, de lo inalterado, de lo eterno, de lo sublime y, en consecuencia, de la verdad.


Alma, principio vital de la PERSONA

El Alma, es memoria vital, renacida de un evento pretérito en su singularidad impar y, por ende, constituyendo la base de nuestro ser.

El Alma de la PERSONA es semejante al “Alma” del universo y contiene lo que el universo contiene. Como una gota de agua impactando en la inmensidad del mar.

El ser, en comunión directa con todo lo que le rodea, instituye la verdadera independencia del individuo a través de su propia intuición y de la observación directa de las leyes de la naturaleza. Es decir: cuando entramos en contacto con la naturaleza, haciendo uso de la intuición y de la observación, somos capaces de fusionarnos con la energía cósmica; fuente creadora de toda vida.

El Alma es la esencia pura del ser, es inicio y fin; pedestal primigenio de la existencia; es origen cósmico de la humanidad y es la máxima representación de la individualidad.

Es una aspiración hacia la Infinitud; sin posibilidad de abarcar lo absoluto. Y es… el ser en permanente unión con el Cosmos.

En definitiva: somos seres espirituales, sin saberlo… ni pretenderlo. Incansables buscadores del porqué de nuestras existencias… Somos autoconciencia. Por todo ello, el Alma, es el ente regente de nuestra conciencia y la base fundamentadora de nuestra Libertad.


Santiago Peña


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lunes, 9 de junio de 2014

SOBRE LA BELLEZA


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¿Qué es la Belleza; qué entendemos acerca de ella?



El término Belleza, en efecto, es ambiguo (de Espíritu, Estética, Literaria, Matemática, Natural, Mistérica, Musical,… etc.) y, como es obvio, generadora de múltiples definiciones. Luego, no nos limitaremos a copiarlas del D.R.A.E. si no que intentaremos ir un poco más allende.

Toda PERSONA, animal, planta o cosa (material o inmaterial), será Bella en el momento en que nos induzca una sensación agradable al Espíritu y, consecuentemente, atracción hacia la misma.

¿Qué marcador es el que nos alerta? La Armonía que, supuestamente, desprende y que, ante la misma (de una forma totalmente subjetiva), seamos capaces de captar, sintetizar y, en conclusión, valorar.

La Belleza es Armonía y fruto de la Creación (del Universo, de la Naturaleza y, como grandes “imitadores”,  de la PERSONA).

La tradición del término Bello se considera esotérica, porque emana del latín “bellus”, diminutivo de “bonus” (inicialmente “duonus”). Expresaba algo así como “bonitísimo” (la belleza decorada). Es interesante observar la conexión que existe entre Bondad (Bien) y Belleza (Bello). Pero, aún, es más sugestivo revelar que las dos provienen de la raíz aria “dheu”, "revelar", al igual que “Beato”, que expresa "feliz". Por todo ello, la vivencia estética, es una vivencia gozosa, causada por la visión de la Belleza.

La experiencia estética está estrechamente entroncada con el hecho religioso y la contemplación mística. Una de las manifestaciones de la divinidad es la refulgencia, o gloria, de su infinita presencia en forma de Luz. “Dios es la Luz”. El objeto contemplado (la divinidad) provoca al sujeto contemplador y lo encadena “lentamente”, llevándolo (“dejarse llevar”) a una sumisión, extremadamente, placentera del Alma.

Espíritu, Forma y Proporción


Espíritu


La Belleza de Espíritu es las más pura, única y transcendente de las múltiples conocidas; surge, de nuestro interior más íntimo, en forma de Luz. Recomiendo redirigirse al artículo METAFISICA DE LA LUZ.

¿Es juicioso en reafirmar que la Belleza es una característica congénita a los seres humanos y, por lo tanto, a sus obras? Si en estos momentos, mientras que escribimos este artículo, nos estamos deleitando con una determinada pieza musical tendremos que admitir que, obviamente,  de la misma nace Belleza.

Pero no olvidemos que, esa experiencia vivencial, es fruto del conocimiento adquirido: tanto desde lo místico-religioso, como desde lo estético. Por lo que se entendería, razonablemente, que alguien con poca experiencia musical no percibiera lo mismo que un notable y versado musicólogo. Por lo tanto, podría ser perfectamente factible que al neófito, con una agudeza auditiva “normal”, se le “escapasen” matices, así, obteniendo una deficiente calidad y, por ende, una incompleta experiencia estética. No obstante, la propia sensibilidad innata podría, “más o menos”, compensar la manifiesta inferioridad debida a una innegable “falta de entrenamiento”.

Forma


Simetría, equilibrio, volumen… Es una Belleza aparente (vacía) y con fecha de caducidad. Se complementa con la Proporción y no aporta nada más.

Proporción - Sobre la RAZON AUREA


El Número Áureo, la Proporción Áurea o Divina Proporción, es la definición matemática de la Belleza en el Arte y en la Naturaleza.

La Proporción áurea nos permite relacionar la creación del género humano, en una Armonía poco más o menos que perfecta,  con la Naturaleza y, por ascendencia, con el COSMOS. La ley de la Proporcionalidad, en el marco de la creatividad humana, nos induce a una búsqueda y recuentro de la humanidad con los Arcanos Superiores de la Naturaleza. No hay relación más perfecta, entre el COSMOS y la PERSONA, que la Proporción Áurea.

(En un posterior artículo nos extenderemos, cumplidamente, acerca de este extraordinario guarismo matemático, también llamado, “Número Dorado”.)

En síntesis, y como norma, diremos que Armonía es: la correcta Proporción entre las distintas partes de un Todo y su consecuencia implicará, invariablemente,  Belleza.



Vibración, como la máxima expresión de Belleza


Cuando, a través de una experiencia sensorial extremadamente placentera, nos sintamos estremecer (vibremos) y que, a su vez,  el Alma transcienda al cuerpo, se podrá llegar a decir, sin lugar a dudas, que habremos alcanzado, en percibir, el zenit de la Belleza: La Vibración del Universo, y de nuestro Ser, será la misma; habremos entrado (armónicamente) en resonancia y Todo será Uno.



Todo, en el Universo, tiene su frecuencia de resonancia, ¡todo!


(Este punto es fundamental para poder entender que es la Belleza y el porqué de un infinito anhelo, fuera de todo entendimiento, de Amarla.)

Somos unidades vibracionales, en permanente estado de emisión y recepción (y si no lo estamos, es que hemos… “transcendido”). Por lo que, indistintamente, atraemos y repelemos. En todo momento estamos emitiendo Belleza (no para todos), de igual manera que la recepcionamos. Somos obstinados buscadores de Belleza pero, a la vez, somos depositarios de la misma.

Sí, en un momento dado de nuestras vidas, captásemos (de forma casi continua) fealdad en nuestro entorno más inmediato, es que estaremos emitiendo, invariablemente, la propia fealdad que creeremos percibir en los demás. Y, de la misma manera que hay un nexo entre Belleza y Bondad, también lo habrá entre fealdad y maldad (odio).

Se Ama lo Bello porque es lo que nos complementa. A todo déficit concluye con una síntesis. La contemplación (visión, audición, captación, sensación,…) de una obra de arte, PERSONA, animal, planta u objeto (material y/o espiritual), que nos atraiga sobremanera, es la prueba de una inconmensurable ansia de comunión con la misma: es Alquimia; es la fusión de “los imperfectos” para, así, obtener “Lo Perfecto”.


La imperfección es pluralidad; la Perfección es la Unidad.
 

La Belleza es imperfecta pero, en un deseo inherente de unión hacia la misma, la “hacemos” Perfecta.


Y siempre recordemos que, la Belleza, habita en nuestro interior.




Santiago Peña




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domingo, 1 de junio de 2014

DE COMO EL TIEMPO DISTORSIONA LA REALIDAD


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¿Qué entendemos por Tiempo?

¿Una ilusión?... ¿Para diversos tipos de dimensiones, diferentes modelos matemáticos?... ¿Nuestras matemáticas sólo son posibles en la (convencionalmente llamada) Escala Media del Universo observado, dando –siempre- por sentado que nos encontremos emplazados en este nivel o gradación?

En consecuencia: La percepción de nuestros sentidos, por un lado, y (a pesar) de un riguroso análisis matemático, por el otro, se ha constado como, sin ningún tipo de ambages, las dos nos engañan. ¿Qué otras posibles salidas nos quedan? La innata Curiosidad, la inconmensurable Imaginación (a modo de gérmenes motivadores) y la anhelada Creatividad, como caminos alternativos para poder entender la Realidad.

En definitiva: el Tiempo nos confunde; nos engaña, distorsionando irreversiblemente la Realidad que creemos captar (vivir).


¿Por qué es así?

El Tiempo, tal como lo aprendimos, es la llamada (académicamente) cuarta dimensión; se le define como escalar, irreversible y, nos atreveríamos a expresar, constante. ¿Por qué no puede haber un “Tiempo Absoluto” -Kant así lo entendió- o, lo que Einstein llamaba, la “Dimensión Real”? Pues… ¡seamos observadores trascendentes!
  
A partir de aquí, diremos: el concepto Movimiento (Espacio) siempre tendrá sentido si existe el Tiempo. En caso contrario ¿qué pasaría? Nada y todo. Por ejemplo, la Vida sería inconcebible. ¿Habría que contemplar otros modos de sucesos dentro del escenario cósmico?

Por consiguiente (y partiendo que el Tiempo, como magnitud física, sí que existe) ¿qué es la Vida? uno más de los múltiples procesos dentro del llamado Universo conocido. Es decir: ¿cómo entendemos el Tiempo? como Vida.

Por lo que la muerte de un ser vivo no es el fin, si no el cambio; el paso a otro tipo de expresión. Somos entes en transición ocupando múltiples etapas; consecuentemente “Eternos”.

“Nuestras” Vidas no son nuestras; no nos pertenecen. Somos simples transmisores de, este extraordinario proceso llamado, Vida. Cuando nacemos –puro cambio de un plano a otro- ya estamos, sincrónicamente, predestinados en el llamado devenir existencial.

¿Qué es únicamente (y en parte) nuestro? La conciencia de lo que somos. No sabemos a dónde vamos, ni de dónde venimos… ¡Pero, lo que sí tenemos meridianamente claro –no todos- es que, sí sabemos quiénes somos!

¿Qué son (y fueron) nuestros padres? dadores de Vida ¿Qué somos para nuestros hijos? transmisores de Vida. ¿Qué son (y serán) nuestros hijos? futuros continuadores de Vida. Por consiguiente: somos nuestros padres y somos nuestros hijos.

¿El Espacio y el Tiempo son dos conceptos inventados por el género humano, o es un conjunto dimensional que trasciende a nuestra propia existencia?

La PERSONA construye su propio Tiempo: El Tiempo es mental.

Premisa primera (y fundamentadora de toda la reflexión): El Tiempo Cosmológico no es el Tiempo de la Humanidad.

Si el pensamiento del hombre es infinito, la idea (o concepto) de Tiempo debería de ser infinita. Pero el límite de la biología de nuestro cuerpo nos determina, u “obliga”, a tener que medirlo. Razón por la que dotamos al Universo (animales, plantas, y cosas) de edad… Sentimos la ineludible necesidad de mensurarlo. Se dice que, cuando un árbol es muy longevo, “no tiene edad”; es inmortal… “El Tiempo no transcurre en él”. Lo Eterno no tiene Tiempo; siempre es y será.

Si consiguiéramos detener la mente -generadora del espacio tiempo- el mismísimo Tiempo se interrumpiría y el Espacio, evidentemente, dejaría de ser.

Desde el Ser existen tantos Universos como entes pensantes; cada uno de nosotros creamos nuestro propio Universo. Universos interactivos, como interactivos son sus creadores. Existe un solo Universo, resultado de la integración de miles de millones de Universos coincidentes…
   
Segunda premisa: El Espacio es infinito

Tercera premisa: El Tiempo es infinito

Y se les denomina  términos, o conceptos, singulares, porque son dos representaciones de una misma Realidad:

  • Espacio, es el tiempo transcurrido por un objeto en desplazarse entre dos (o más) puntos cualesquiera.

  • Tiempo, es el espacio recorrido por un objeto en desplazarse entre dos (o más) puntos cualesquiera.

Expongamos la definición, por excelencia, de Tiempo (DRAE): “Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro”.

¡Bien!… ¿de todo ello qué podemos deducir?

Desde el albor de la humanidad, las nacientes sociedades agrícolas, siguieron, escrupulosamente (religiosamente), el encadenamiento del día (una jornada) con la noche (el descanso). Al acontecimiento diurno (y alterno), de trabajar desde el amanecer hasta el anochecer, se la llamó jornada (laboral).

Por lo que, inicialmente (el llamado hombre arcaico), adoptó dos magnitudes complementarias de carácter cósmico: el ciclo (calendario) lunar (relacionado con la tierra y la feminidad) y el ciclo (calendario) solar (relacionado con el cielo y la masculinidad) que, como es obvio, se irán repitiendo sin límite de continuidad.

¡Esa es la única, e indiscutible, Verdad!

La Humanos (como, teóricos, máximos representantes de la Vida), y el resto de los seres vivos (aquí en la Tierra), tenemos un principio y un fin: por lo tanto, formamos parte del Tiempo… y somos creadores de nuestro propio Tiempo.

El Tiempo aliado de la mortalidad. Prueba de todo ello es la sacralización cíclica del Tiempo. El “Mito del Eterno Retorno” es una constante en nuestro devenir histórico. Siempre estamos naciendo,… siempre estamos muriendo,… cuan Ave Fénix,… de nuevo,… una vez más:

Ayer me acosté y era uno; hoy soy otro ¿y mañana?... ¡no lo sé!


Santiago Peña


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sábado, 22 de febrero de 2014

¿CÓMO ES EL UNIVERSO?


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¡Como (nosotros) queramos que sea!

Los límites del Universo se circunscriben, en tamaño y forma, a los límites de nuestro Pensamiento y a la Voluntad de querer representarlo.

Por lo que hay tantas formas posibles como infinitas pueda generar nuestra imaginación.

Evidentemente, la respuesta se circunscribe a una exclusiva visión antrópica de (nuestro) Universo…

La Verdad nos está vedada; solo hay una única Verdad y, ésta, se encuentra más allá de nuestras fronteras, tanto físicas como mentales.


¡Soy el que soy, por la firme voluntad de querer serlo!


Santiago Peña



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domingo, 1 de diciembre de 2013

SOBRE LA TEMPLANZA Y… UN POCO MÁS ALLÁ


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La voluntad que crean las exaltaciones es la que accede a trocar en acciones nuestros pensamientos.

¿Por qué se apreció durante muchas centurias, y en gran medida, la Virtud de la Templanza? ¿No es una Virtud de puritanos incompetentes en deleitarse de la profusión y del desenfreno? El comedimiento parece castigarnos a la ordinariez. Hay en ella algo de tibieza, y nada menos que Dios dice en la Biblia: “te repudio porque no eres ni gélido ni ardiente”.

En este caso, como en otros tantos, el uso ha deformado las palabras, revertiéndolas en vagas y ambiguas. Para rescatar a la Templanza de su anodino actual significado (moderación en el comer y en el beber) alcanzaremos en pergeñar dos vocablos muy relacionados: temperatura y temperamento. Los dos proceden del verbo latín  “temperare”, que expresaba “benévola naturaleza”, “la proporcionada dosis o graduación de algo”... En muchos pueblos de la comunidad valenciana, cuando a una PERSONA se la considera de estampa equilibrada (tanto es el aspecto físico como de carácter), se le dice “templat” (templado). En el caso del clima, se refiere al tiempo no extremado, es decir, templado. Así mismo, en metalurgia, se define como el equilibrio resultante del acero tratado, entre dureza y elasticidad; la buena espada debe aportar reciedumbre, fuerza en el golpe y, a la vez, flexibilidad, para no resultar quebrada por el impacto. Los antiguos galenos suponían que nuestro cuerpo estaba reglado por cuatro humores: sanguíneo, flemático, melancólico y colérico; llamando temperamento a la mescolanza de los mismos. Cuando  en el ámbito de la psicología moral comenzó su manejo lo hizo mudando la palabra griega “sophrosyne”, representando la buena mesura de las exaltaciones. Por todo ello, el libro que rigió a lo largo de los postreros siglos la educación griega, la Ilíada, ya loaba esta Virtud reguladora. El argumento principal de la acción (de este universal relato épico) es la ira, la rabia desmesurada de Aquiles, y en el que, el anciano Néstor, señala de los infortunios que acarrea la destemplanza.

Por lo que, la PERSONA de carácter templado, ha de ser recio en el envite pero dúctil en el trato, cual caña de bambú: flexible ante la fuerza del contrario pero, persistente  durante todo el asalto.

Sin embargo, no olvidemos que, a toda acción de Amor y Misericordia, fluye una fuerte e innegable dosis de pasión. De las pasiones tomamos la energía para la acción. Sin ese arrebato, nuestra razón puede ser muy sagaz, pero es impedida, como han confirmado las disciplinas neurológicas. Si se escinden los vínculos neuronales del lóbulo frontal (razón) con el lóbulo límbico (pasión), la PERSONA afectada, conserva su capacidad de pensar incólume, pero es totalmente inhábil en la acción. La pasión es ansiada por su fuerza, pero terrible por su descontrol. La penosa labor de penetrar de inteligencia las pasiones – ¡no de inutilizarlas! – se le confió a la Virtud de la Templanza, también llamada Inteligencia Emocional.

Asimismo, la medida perfecta entre estos dos estados, la llamaremos Armonía.

Como síntesis a todo lo expuesto, y… dando un paso más allá (tanto desde una visión Metafísica, al igual que Cosmológica), diremos que:
  1. Cualquier proceso (o procesos), químico, físico, biológico,… etc. se rige por la Ley del Equilibrio.  
  2. Todo tiende, o debería de tender, hacia el punto medio; verdadero estado de gracia de la PERSONA, así como de la Naturaleza (Cosmos); a fin de cuentas, la anhelada Armonía.
  3. El resultado final, de cualquier evento, será cero. Por ejemplo: todo acontecimiento meteorológico se debe a una inestabilidad entre dos áreas adyacentes (se producen corrientes de aire por diferencias de presión y/o temperatura entre dos puntos) y no finaliza hasta que las dos zonas en cuestión acaben adoptando el mismo valor.



Conclusión


Todo el Universo (o los infinitos Universos que pueden, o pudieran, existir) tiende al equilibrio, es decir: al punto cero o reposo absoluto. Por lo que todo tipo de manifestación, (energética, psíquica, bioquímica,…etc.) que encarne la existencia de algo, es fruto del desequilibrio.

Por lo tanto, el día que el género humano (o el Universo) alcance la sublimidad habrá conseguido la mesura necesaria, es decir: su perfección implicará su desaparición.


¡Todo atisbo de movimiento,  o vibración, se habrán desvanecido y la Nada reinará en el reverso  del infinito!


¡No hay momento más supremo que la Quietud, estado permanente de la Contemplación; habremos alcanzado la ansiada Paz y, por ende, la absoluta Felicitad!


Santiago Peña


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sábado, 7 de septiembre de 2013

SOBRE EL SAGRADO ARTE DE LA CREACIÓN O COMO SUPERAR (INFRUCTUOSAMENTE) LOS LÍMITES DE LA MORTALIDAD


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El transcender, como el viajar, son formas de no querer reconocer lo inmanente y lo que nos conmueve. Todo ello nos lleva a recorrer, a través del extraordinario tándem  espíritu/imaginación, mundos ultraterrenales y ultrasensibles.

La espiritualidad, junto con la imaginación, son elementos supremos de comunicación y superadores de nuestras, más que innegables, limitaciones corpóreas…

Posiblemente algún día seremos espíritu y... ¡nada más!
No habrá esfuerzo, ni contradicción; será pura naturalidad...
Mágica vivencia, en su plena armonía, imagen perfecta del Ser.


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Por lo que, toda creación, conlleva una acción de transcendencia y, en consecuencia, de Eternidad.

 

LAS MOTIVACIONES DE LA PERSONA ACERCA DE SU EXISTENCIA


Estas exaltaciones, básicamente, se podrían dividir en dos tipos de actividades alternantes, en algunas fases, y, en otras tantas,  complementarias:
  • De base utilitarista o de cómo solventar nuestra subsistencia y/o bienestar.
  • De base emocional, y para nada prosaica, o de cómo alcanzar cotas de superación en pos de un ideal de felicidad y perfección.
En la primera, nos serviremos de la ciencia y de la técnica. Nada aportan al Ser.
 
En la segunda, nos proveeremos de una vida armónica y virtuosa para, así, poder obtener un crecimiento personal y tratar de llegar, como PERSONA, a la plenitud. Es decir: una vez que ya se haya obtenido un relativo grado de organización, y de equilibrio, nos permitirá desarrollar un cierto nivel de capacidad para la comunicación, de gozo y, como meta última, la pretendida, y utópica, felicidad. A esta forma de creatividad, o de cómo nos expresamos y de cómo interpretamos el mundo puramente desde la emotividad, se la llamará ARTE.

Por lo que, ARTE,  es: la sagrada actividad de la PERSONA para expresar ideas, emociones y sentimientos.

La obra de ARTE, por definición, es atemporal; por lo que tiende hacia la perennidad. Manifestación clara y diáfana, por parte del artista, de una más que evidente aspiración de perpetuidad: “transciendo a través de mi creación… y así alcanzo la Eternidad”

Este tipo de acción (exclusivamente humana), que llamaremos ARTE, deberá evocar, a partir de principios estéticos, belleza. Desde una visión filosófica: versará en el estudio de la esencia y percepción de la misma. Desde la pura espiritualidad se podría definir como: huir de la “infelicidad” de la rutina; de la realidad... escapar (transcender) de lo convencional para, desde “el artificio”, recrear la aspirada felicidad; objetivo último de la humanidad. Por lo que, el estado más sublime, es la contemplación (la admiración de la obra desde lo inmaterial). O dicho de otra forma: la contemplación induce a la felicidad…

En el momento álgido de la contemplación el tiempo no es y todo es infinitud

Como seres (re)creadores necesitamos, ineludiblemente, expresarnos a través de las imperecederas representaciones subjetivistas (tantas como PERSONAS han existido, existen y existirán) de la realidad. A partir de este punto… ¿qué entendemos por realidad?

Una posible primera definición: Es todo aquello que, estando fuera de mí, es existente.

Una segunda posible de definición: Es todo aquello que (yo) percibo como existente.

¿Cuál de la dos es la correcta? Las dos y… ninguna.

Si nos atenemos a una “visión” cosmológica, el hecho que uno (o una) exista (o no) es irrelevante, porque el escenario solo puede ser uno. En todo lapso temporal, sólo, puede haber una única realidad objetiva; a pesar de que se perciban infinitas  (supuestas) realidades.

Al igual que, desde un principio ontológico, mi realidad (subjetiva) es única y “verdadera”.

 

¿El por qué de nuestra existencia?


¡Vivir!

Somos entes únicos, e irrepetibles,  dentro de un proceso continuo llamado Vida. Por lo que, también, somos continuadores (engendradores) de la misma… ¡Y, a la vez, somos la propia Vida!  

La Vida humana (como cualquier otra de los grupos del reino animal) es una cadena formada por miles de millones de eslabones que han existido, que existen  y que existirán hasta un final de ciclo indeterminado en el tiempo pero… ¡imposible de eludir!

Luego, como sujetos biológicos, estamos destinados, consustancialmente, a perpetuarnos a través del mantenimiento de la propia especie…

Al igual que, como seres tribales/sociales, necesitamos replicarnos como una respuesta, inconsciente, a un deseo inexplicable de subsistencia: “el grupo debe permanecer”.

Y, como seres espirituales, tendemos a abarcar la integridad. En este punto somos totalidad y, por consiguiente, estaremos hablando de unidad.     

¿Por qué?

Para poder proveer de bienestar (felicidad) al entorno y, en definitiva, continuidad (persistencia) a la comunidad.

Pero, ¿qué es la continuidad (de nuestra especie); en dónde se encuentra; en qué lugar reside?

No la busquemos, porque ya la poseemos… Así mismo, somos perpetuidad. En todo momento; constantemente, nos estamos creando; (re)creándonos; haciéndonos presentes instituimos perennidad.

A fin de cuentas, y por todo ello (resultado de nuestra descorazonadora y efímera presencia), nos hemos dotado del sagrado manto de la creación… Somos creadores y, consecuentemente, portadores de la infinitud.

¡Seamos dioses de nuestra existencia; seamos navegantes de la Eternidad!



Santiago Peña


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