domingo, 23 de mayo de 2021

VACUIDAD Y ARTIFICIOSIDAD

 

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No se debería consentir transitar en la Falsedad y, por consiguiente, en la Vacuidad.  No es lícito lo aparente y la deslumbrante Artificiosidad.

 

Solo se debería aceptar vivir en la Verdad, por ser el único hecho constatable de una indubitada existencia. En cambio, nos “nutrimos” de la enaltecida modernidad o como vivir en un permanente, y nefasto, desfase de la única (permisible) “realidad”.

 

El tiempo no cambia; cambian las cosas. Permutan, por formar parte de la transición. Esa transición que es figurada y, por ende, imaginaria. El Tiempo es Imaginación. Por todo ello se es Espíritu. Espíritu de la PERSONA; de cuyo reflejo resplandece el Alma. Un Alma sin Tiempo; en una permanente gloria; en una indestructible paz; en una esperanza conciliadora. Templanza en el crepúsculo; templanza en la última hora.

   

Por lo que, las cosas, son un aparente cúmulo de realidades inexactas. De imágenes afectadas y diáfanamente simuladas. Sin entidad; de una ficticia luz reflejada pero vana. De una Luz “robada” y sin Alma. Los reflejos son fastos fingidos de una quimérica luminosidad. Brillos ilusorios, sin savia; sin un motor causante de un auténtico resplandor. Utopías abortadas, sin complacencia y sin solución.

 

La negrura contempla impasible mundos corrompidos, extintos del néctar vital y de trayectorias de fulgores cuasi concluidos… Leves destellos de pasadas centurias y con una clara tendencia a su definitiva desaparición.

 

Nada nos espera más allá del Infinito. Una intrascendente, y escuálida, claridad nos recordará la total conclusión de un universo que se consumió, entre neblinas y noches libérrimas… De un caos primigenio y con fecha de caducidad. De un caos desde el comienzo hasta el final. Monte del olvido; Ánima sin Irradiación; Vidas sin perspectivas; amores difusos y sin continuidad. -¡Sin Ilusión!-

 

Imaginación, Espíritu y Materia

La Imaginación es Ilusión. La Imaginación: como aquello que germina en pensamientos preclaros; espíritus creadores y distintos. Es lo preexistente y con visos de “materializarse” en una fructífera Realidad. Por lo que toda Realidad es “hija divina” de una maternal Imaginación. Por ejemplo, las Grandes Obras de Arte son consecuencia de una Imaginación desbordante, fulgurante y de una fuerza (espiritual) creadora sin parangón.

 

El Espíritu: como la vía directa hacia la Divinidad, la Perfección y la Infinitud. El Espíritu: como motor (incorruptible) del Alma. El Espíritu: como la fuerza “conformada” de la Luz. Luz, única y excelsa.

 

La Materia: como acción sobrevenida (en objetos, cosas y obras) es el sobrante a transmutar o conservar. En caso de observarse (en el objeto creado) una manifiesta, e irrecuperable, imperfección se deberá (idealmente) de eliminar.

 

No busquemos la perfección, porque no existe en un mundo –como es el nuestro- de las quiméricas “realidades”. A lo sumo, tomémosla como una guía, o “el camino”, pero… ¡jamás! como la meta. La tendencia natural del género humano deberá transitar desde una barbarie protohumana hasta alcanzar cotas de esperanzadora bondad.

 

El Tiempo es imperfección; el Tiempo es corrupción; el Tiempo es creación. Por lo que la quietud es la Eternidad y es la absoluta Perfección. Todo Tiempo congelado en el presente es la divina Eternidad: El Tiempo se desvaneció y con él todo rastro de Materia y Vida. Después de toda desaparición solo es posible el Espíritu Universal, hacedor de infinitos universos pasados, presentes y futuros.

 

La Consciencia Universal, el Ser, el Demiurgo (la Unidad del pasado, del presente y del futuro), es el único Ente que, siendo Eterno, encarna lo Absoluto.

 

La unidad es lo único posible, es el Todo, es el Uno y es el Infinito. Por todo ello: la nada no es posible. El cero, como signo de una aparente realidad. El uno, como el inicio y el final de lo que fue, de lo que es y de lo que será. Y, por último (y de la misma manera) el dualismo es una “brillante” representación de una burda y, a la postre, engañosa realidad. Toda ella, fingida y espuria. En definitiva: La Unicidad de las cosas como la única Realidad.

 

“Todo es el Uno”

 

Santiago Peña

 

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sábado, 20 de marzo de 2021

SOBRE LA DIVINIDAD Y LA TRANSCENDENCIA

  

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Toda PERSONA, con un marcado sentido de la Espiritualidad, es consciente que advierte “algo”, que no sabe que es, desde el mismo origen de lo que se entiende por Existencia. Existencia, de la misma Existencia. Esa Existencia que es Única y es el Todo, de lo que se conoce por Universo; que es Inmanente; por lo tanto Preexistente, Perenne y, por ende, Transcendente.

A este conjunto -¡Único!- de propiedades ontológicas, unos llamarán, a ese “algo”, Dios; otros, Ser; unos pocos, Demiurgo; muchos otros, no se pronunciarán porque se resistirán a reconocer “algo” que no entienden y, por lo tanto, lo “borrarán” de sus pensamientos más profundos. Y, por tanto, no llegarán a “creer”, a pesar de que, posiblemente, lo sigan intuyendo.

Sin embargo, desde una visión netamente espiritualista, podremos llegar a convenir que lo que entendemos por Divinidad, para algunos, otros lo percibirán como una vivencia, netamente, de Transcendencia.

 

Divinidad = Transcendencia

 

Por lo que, la lógica y el sentido común, nos llevarán a una evidente analogía, de asimilación de la Transcendencia, como un estado de unicidad con Dios o, sencillamente, a lo Sagrado. Clérigos y creyentes, serán unos firmes defensores de esta “salida” deísta. En cambio, para ateos (“espiritualidad atea” o “sin dios”), místicos y espíritus sueltos, lo verán como una simple, y natural, “ascensión del ser”. De nuestro ser; de nuestra alma. Y esa misma “elevación del alma” vendrá impulsada por la propia “fuerza de nuestro espíritu”. Esa momentánea “liberación del alma” nos podrá llegar a proporcionar estados de una profunda quietud, paz o -¡porque no!- de una inefable felicidad.

Por cierto, la música (evidentemente, no toda ella) es un extraordinario vehículo de Transcendencia. Determinados tipos, o estilos, nos pueden llegar a resultar, francamente, “excelsos”.  

 

Santiago Peña

 

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domingo, 31 de enero de 2021

EL POSITIVISMO COMO FUNDAMENTO FILOSÓFICO DEL CIENTIFISMO

 

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El Positivismo (o Filosofía Positiva) es una doctrina filosófica que declara que el único saber fidedigno y, por tanto, autorizado es el Conocimiento Científico (o Ciencia Empírica), y que tal saber sólo puede manar del Método Científico.

 

Como resultado de esta “fanatizada” (y desmedida) actitud, los positivistas critican, despiadadamente, a la “vieja” Metafísica (más allá de la física); llegándola a  describir como una trasnochada pseudociencia. Y todo ello a pesar de ser, la ya citada, una incansable escrutadora de “lo que está más allá” de la mismísima ciencia. Para el Positivismo dominante, éste es su gran valor y su gran pecado.

 

No olvidemos que, el Positivismo, proviene del Empirismo, del Utilitarismo y de la Epistemología (o Teoría del Conocimiento Científico). Siendo sus principales impulsores, a principios de la era contemporánea,  los filósofos de la ciencia, franceses los dos, Henri de Saint-Simon (1760 - 1825) y Auguste Comte (1798 - 1857), y el filósofo utilitarista, británico, John Stuart Mill (1806 – 1873).

 

Como crítica desapasionada, hacia este idolatrado sistema filosófico, podemos destacar, a través de sus postulados, una indisimulada tendencia a dar una enorme valía a los conocimientos científicos, o supuestamente científicos, en contra de la innegable espiritualidad de la PERSONA. Por todo ello, al ser la escuela de pensamiento imperante en la actualidad, goza de todos los parabienes de las democracias liberales. Todas ellas hegemónicas en el orbe occidental.

 

Como colofón, a todo lo previamente expuesto, el resultado final para la PERSONA, en su contemporáneo transcurrir, es deprimente por ser catalogada, la misma, como un objeto (científico, analítico, numérico o económico) más de estudio. Por lo que, en referencia al trato o atención sobre una PERSONA cualquiera, se pasa de la humanizada Identidad del sujeto al simple estudio, trámite o acción, sobre un “subordinado” objeto desnaturalizado. En conclusión:

 

La PERSONA es “rea” -¡y sin respuesta!- a su desacralizada identidad

 

 

Santiago Peña

 

 

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domingo, 20 de diciembre de 2020

SOBRE LA NOÉTICA

 

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Tesis:

 

La estaticidad de la Idea y la dinámica de la percepción.

Lo intangible es lo real y lo percibido es lo aparente.

Lo intangible es estático y lo aparente es dinámico.

Lo intangible es inmutable y lo aparente es cambiante.

 

Con estas cuatros formas venimos a decir lo mismo: los nombres son una manera artificial de imponer estabilidad al flujo (o devenir) de la realidad: «llamando a esto "río", pretendo que sea una identidad (Idea, o un Universal)» (Platón). Por todo ello:
 

Lo que cambia se hace palpable pero es una falsedad.

La inmutabilidad está oculta pero es verdadera.

 


Síntesis:

 

La percepción solo puede captar el cambio de las cosas y, por el contrario, la idea de algo (o su esencia), por ser intangible, es, siempre, la misma.

 

Definiciones:

Partiendo de este juicio, ¿Qué entendemos, entonces, por Noética?

Es un adjetivo perteneciente, o relativo, a la Noesis (o Nous). Por lo que, la Noética, es un campo de la filosofía que investiga el razonamiento (o intelecto), fundamentalmente, concerniente a la finalidad (o idea) y su comprensión. En un tipo de expresión más “corriente” sería, algo así, como la “intuición” o el “saber latente”. El insigne Georg Wilhelm Hegel (1770 – 1831), como gran representante del idealismo filosófico alemán, la definió, magistralmente, como “el saber absoluto”.

Por tanto, la Noética es una singularidad filosófica que indaga la esencia de la conciencia; utilizando para ello diversos procedimientos de discernimiento, conteniendo el “saber latente”, el sentir, el intelecto y las percepciones. En consecuencia, la Noética indaga la naturaleza más íntima del pensamiento (la cognición, la substancia o Espíritu) y cómo, ésta, a su vez, se vincula con el mundo físico.

Y, por último, para Platón, su principal divulgador y valedor, la Noesis constituye la categoría más noble de conocimiento al ser considerada una singular facultad del Alma que, efectivamente, posibilita la adquisición natural de las ideas y, por consiguiente, de la auténtica realidad.

 

 
Conclusión:
 
Las percepciones son percepciones y nada más. Éstas pueden llegar a engañarnos; el pensamiento (puro o íntimo) jamás.
 

 

Santiago Peña

 

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