sábado, 11 de octubre de 2014

SOBRE LA FILOSOFÍA PERENNE


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Nuestro pensamiento ve todo lo que no ven nuestros ojos


Antes de buscar, hagámonos las siguientes preguntas para, así, poder encontrar una posible respuesta:

¿Qué es religión? ¿Qué es mitología? ¿Qué es simbología? ¿Qué es filosofía? ¿Qué es ciencia? ¿Qué es metafísica? Y ¿Qué es cosmología?

Todas tienen la misma contestación: Hallar un potencial sentido a nuestras existencias. Diferentes caminos para un mismo resultado. Y, sobre todo (fruto de nuestra individualidad), hay tantos caminos como PERSONAS en el Universo.

La mente humana se rige por un número limitado de conceptos (o cuestiones irresolubles) que son una constante en nuestro acontecer histórico: Eternidad, Dios, Vida, Muerte, Soledad, Vacío, Tiempo, Espacio, Cosmos, Alma… (Hay muchas más pero, creo que, éstas son las más significativas).

«Lo esencial es captar el verdadero sentido y convertirse uno mismo en el verdadero sentido»

Yalal ad-Din Muhammad Rumi


Solo desde un estado de plenitud podremos llegar a vislumbrar (remotamente) una posible Realidad, para nada fenomenológica pero sí trascendente. La visión del mundo deberá estar fuera de los límites del género humano.

La Realidad no existe. Somos (re)creadores de mundos aparentes y falsos.

El conocimiento acerca de la Filosofía Perenne alude a la existencia de un total vínculo de Verdades y Valores (Eternos) comunes a todas las civilizaciones, culturas y pueblos. La expresión fue usada, primeramente en el decurso de siglo XVI, por el filólogo, anticuario, bibliotecario apostólico en la sede pontificia, obispo  de Kissamos (Creta) y filósofo italiano Agostino Steuco (Gubbio, 1497 – Venecia, 1548), en su libro titulado: “De perenni philosophia libri X” (1540-1542), en el que la Filosofía Escolástica (la imperante de aquel momento) era contemplada como la cúspide de la sapiencia de la cristiandad y en la que la totalidad de las restante corrientes filosóficas se asentaban, de uno u otro modo, en torno a la misma.

Con posterioridad, este mismo pensamiento, fue asumido, de forma entusiasta, por el matemático y filósofo alemán Gottfried Leibniz (Leipzig, 1 de julio de 1646 - Hannover, 14 de noviembre de 1716), quien la empleó para investir la Filosofía común, y perpetua, que se esconde en todos los cultos religiosos, y fijada, invariablemente, en su propias corrientes místicas. Esta misma expresión fue divulgada, a lo largo del pasado siglo, por el novelista y ensayista británico Aldous Huxley (26 de julio de 1894, Godalming, Surrey, Inglaterra – 22 de noviembre de 1963, Los Ángeles, California, Estados Unidos) en su libro homónimo: “La Filosofía Perenne” (publicado en 1945).

 

Acerca del término Tradición

La coexistencia de un estado inicial (representado por un contexto intelectualmente distinto, de aquel, al de los periodos siguientes) en la que la PERSONA se encontraba en correspondencia consciente con la Inteligencia Cósmica y con su Principio, y el sistema (destello mental de la fase de estabilidad y de Conocimiento) que caracterizaba esta época desaparecida, son el argumento de esta transmisión, al mismo tiempo del conjunto de leyes externas reservadas en conservar el entorno y a la humanidad en Armonía con las Leyes del Cosmos, de las que no son sino una individualización y una aplicación de las ciencias “especiales”; también, ellas, aplicaciones  de un equilibrio circunstancial de la escuela estrictamente Metafísica.

De igual forma, la preexistencia de esta, ya mencionada Filosofía Perenne, es el fundamento primigenio de la tradición (lo que se transmite), sintetizado en las obras de los pensadores del siglo XX, como el matemático, masón, metafísico, y esoterista francés René Guénon (15 de noviembre, Blois, 1886 - 7 de enero, El Cairo, 1951), el también metafísico, pintor y poeta, Frithjof Schuon (18 de junio de 1907 – 5 de mayo de 1998), al igual  que el erudito en Arte Oriental y escritor indio Ananda Coomaraswamy (Colombo, 22 de agosto de 1877 – Massachusetts, 9 de septiembre de 1947).


Antecedentes históricos

El Judaísmo (como primera-mater religión), el Cristianismo (consecuencia de la ruptura con la anterior) y el Islam (compartiendo lugar y tiempo con sus predecesoras), constituyen los fustes de los que han venido en llamarse los tres grandes cultos monoteístas. Las estrictas fidelidades de aquel período, de igual manera las variantes protestantes como la católica, se contrapusieron a la Gnosis (Conocimiento del Mundo, o Entendimiento Verdadero). Es decir, todos ellos combatieron a la causa primera de donde brota la Sapiencia del mensaje cristiano, un Saber que Jesucristo transfirió a su seguidor amado, cuando, en la última Cena, éste se reclinó sobre su pecho. Fue en aquél instante cuando, según la Tradición, recibió el don del cielo o el Conocimiento de la Salvación.


Principios esenciales

El vocablo “Philosophia Perennis” fue otorgado, como ya hemos mencionado con anterioridad, por Leibniz a un fundamento que va más allá de la sistematización y del discurso racionalista. Lo cual no es obstáculo como para que no alcancemos en señalar tres perceptibles conjeturas a las que encomendarnos:

1)  Sería, en primer lugar, la Metafísica que nos revela el manto de lo ficticio; señala la Divinidad en la Vida, en el Pensamiento y lo que se haya, verdaderamente, detrás de la apariencia material.

2)  Asimismo sería la psicología que nos redime del Alma y de nuestra cada vez más recóndita Esencia Divina.


3)  Y en conclusión, igualmente en el acto, aquella Ética que someta toda obligación a una sola, la interpretativa y conocimiento espiritual de toda sustancia y más allá de los límites del Ser.

“contenidos y prácticas trasmitidos durante siglos que mantienen abierta una vía de acceso a la verdad absoluta del hombre y la relación de este con Dios y la creación. Esta Tradición es única para toda la humanidad (Traditio perennis), y se manifiesta de forma superficialmente distinta en los diferentes pueblos y religiones, variando según el contexto, pero manteniendo siempre intacta la parte interior o esotérica que es inalterable e incomunicable (pues precisa de la propia experiencia o iniciación). La cadena se rompe con la época moderna, en la que se pierde (se esconde) la Tradición verdadera y solo persisten sucedáneos (a vistas de los no iniciados) que no remiten a ninguna realidad trascendente, pues se trata sólo de manifestaciones físicas reproducibles, y no de realidades interiores que se externalizan a través de múltiples formas, ajustándose a los límites establecidos por la misma tradición”.
René Guénon


Por lo tanto, y en consonancia con los basamentos de la Filosofía Perenne, todos los pueblos (invariablemente) de otros saberes y periodos han cursado, e inscrito, apreciaciones similares sobre la constitución de la Realidad, el Yo, la Naturaleza y el sentido, y designio, de la Existencia. Estas semejanzas se dirigen hacia unos profundos principios ecuménicos; instituyéndose en el diario pedestal de un gran número de religiones. Las desigualdades entre estas apreciaciones cardinales manan de las divergencias entre los diferentes conjuntos de Conocimientos humanos y se pueden llegar a razonar al albor de estas mismas supeditaciones culturales.


Omne quod est idem
 (Todo es lo mismo)


Entre estas apreciaciones se hallan las subsecuentes aseveraciones:

  • La PERSONA irradia la esencia de esta Realidad dual: por un lado, el cuerpo material, se encuentra subyugado a las leyes físicas del nacimiento y la muerte, el otro semblante de la existencia humana no se halla subordinado al crepúsculo o al quebranto, y es análogo a la inteligencia o al espíritu, que es el núcleo del Alma humana. En el actual occidente, esta segunda faceta, o Realidad, ha sido, repetidamente, pasada por alto o ignorada.
  • Todas las PERSONAS poseemos unas capacidades innatas, que sin embargo no son usadas y por tanto están claramente anquilosadas, para la apreciación instintiva de la estructura de la Realidad y de la Verdad Última. Este Conocimiento es el fin postrero de la humanidad, y su actuación y progreso son el sin igual plan de sus existencias. Los grandes cultos religiosos aspiran a instaurar (o restaurar) el sagrado vínculo entre el Alma y esta ulterior y más alta Realidad. Dicha Realidad, en las religiones Abrahmánicas  (Judaísmo, Cristianismo e Islamismo), es llamada Dios; Dios es el principio y fin de todo lo existente. En los cultos no-teístas, semejantes como Budismo, Jainismo y Taoísmo, lo último, o lo absoluto, está determinado de una forma algo distinta.
  • El Universo corpóreo, o de los fenómenos, no es la sublime Realidad; existe una desigual Realidad no-corpórea. El mundo de la burda materia es la sombra de una Realidad excelsa que no consigue ser alcanzada por lo sensitivo, pero el espíritu y el entendimiento humano proporcionan la prueba de ello en su más recóndita naturaleza. 


El hecho Místico, como vía directa de unión con el Cosmos

Lo Místico como lo más puro, profundo, oculto, íntimo y esotérico del Ser y fase última de perfección a través de una unión directa entre la PERSONA y el Cosmos. Estos discernimientos sistémicos se especulan que son lícitos, o íntegros, gracias a su firmeza y a las claras analogías entre ellos, empero de sus frecuentemente principios aparentemente aislados.

De acuerdo con Aldous Huxley, la Filosofía Perenne “es la metafísica que reconoce una Realidad divina sustancial al mundo material, a la vida y a las mentes; la psicología que encuentra en el alma algo similar, o incluso idéntico, a esa Realidad divina; la Ética que sitúa el objetivo final del hombre en el conocimiento de la Base inmanente y transcendente de todos los seres; lo que es inmemorial y universal. Los rudimentos de la Filosofía Perenne se pueden encontrar entre la tradición popular de pueblos primitivos en todas las regiones del mundo, y en sus formas completamente desarrolladas que han tenido su eco en cada una de las grandes religiones” ("La Filosofía Perenne", p. vii).

¿No es justo exponer a continuación de esto que hay, como así enunció Leibniz, una especie de Filosofía Eterna, “perennis quoedam philosophia”, que instituye el nexo necesario de la ciencia y de la religión y, en definitiva, su innegable unicidad?

"Particula in minima micat integer orbis" (“en la partícula más pequeña se encuentra el reflejo del universo entero”).
Gottfried Leibniz


Fruto concluyente que, dado el signo reduccionista y absolutista de la modernidad, estas “rivalidades” no fueron concebidas (o asimiladas) como una complementariedad -como así coexistían (y coexisten) para la comunidad tradicional- sino que se arrogó su perfecta irreconciliabilidad y por tanto la incondicional hegemonía de uno de los cabos sobre el otro. Es esta irreconciliabilidad entre los opuestos la que ha conformado el perfil exclusivo (y excluyente) de la modernidad, dirigiéndola inevitablemente, a los ideales de competitividad, control y superioridad, ideales en que, como ya hemos dicho anteriormente, lo diferente encarna un peligro, una amenaza, que debe ser implacablemente anulada.


Corolario

Nos repetimos, nos repetimos y, una vez más, nos repetimos. Seguimos sin saber nada… o muy poco de la PERSONA, de todo lo que representamos, y del COSMOS, en general.

Es preciso retornar a nuestras fuentes más primordiales. Mito y Logos son dos formas de ver el mundo (para nuestra cultura occidental) que, desde hace más de 2.500 años, se contraponen.

Parte del Conocimiento Universal -y, por qué no, de la Sabiduría- se halla disperso en múltiples rincones del mundo y, sobre todo, del Universo: verdadero receptáculo de todo lo que ha sido, es y será.

Conforme nos miremos, más, hacia nuestro interior, más nos encontraremos; conforme recuperemos las primeras enseñanzas, más cerca nos hallaremos del Verdadero Conocimiento; de la genuina Sabiduría en todo su esplendor.

Entonces, ¿qué somos? El resumen completo del Universo.

Conocemos el agua porque somos agua, conocemos el fuego porque somos fuego, conocemos el aire porque somos aire y conocemos la tierra porque somos tierra. Por lo que todo el conocimiento del mundo está en nosotros…

Seguir creyendo en nosotros... y aceptar y aceptar. El final creemos saberlo… Y el principio también…

Somos elementos tántricos esencialmente musicales. No hay nada más puro, dentro de la comunicación transcendente, que un Poema de Luz:

Simple Vibración,
Música Eterna,
Circular, perfecta,
Sublime, excelsa.

Despertad,
Despertad,
Luz imperecedera,
Alma Divina,
Alma Eterna.


Santiago Peña



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domingo, 28 de septiembre de 2014

PARMÉNIDES Y HERÁCLITO, O COMO EL SER (ESTÁTICO) INSERTADO EN UN TODO DINÁMICO, CÍCLICO Y PERPETUO


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El llamado tiempo únicamente existe dentro del Universo “creado”. En el presente el tiempo no tiene ningún sentido, porque siempre estamos en él. Lo que piense, diga y/o haga, siempre será el presente. Solo existe el aquí y ahora. En el pasado habremos dejado de existir y en el futuro no habremos empezado a estar. Por consiguiente: nada existe fuera del presente.

La inmortalidad es una constante en el género humano y clave de nuestra evolución: progresamos porque negamos nuestra mortalidad y por ende nos proyectamos hacia la Eternidad.

El Ser, solamente, puede manifestarse por sí mismo. Nada hay fuera del Ser. Por lo que no hay otro conocimiento que el conocimiento del Ser. Pero, a la vez, toda Alma en movimiento se halla dentro del Ser. Porque Alma (ánima) es movimiento; un fluir. La forma propia de la Vida es el movimiento. Si no hubiese movimiento el proceso de la Vida sería insostenible. En tanto en cuanto, la Vida es fruto del movimiento, la Vida es Eterna como Eterno es el movimiento.

Desde la destrucción (“transformación”) brota una nueva forma a partir de la anterior. Por lo tanto: “Nada desaparece; todo se transforma”.

Negando nuestra propia desaparición nos aferramos a la Vida, es decir: a una “permanente” existencia. Creamos a través de la prolongación “artificial” de nuestro Ser. Siempre en movimiento, eternamente en una “desesperada” lucha final.


Santiago Peña


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lunes, 11 de agosto de 2014

¿POR QUÉ EL ALMA ES LA BASE FUNDAMENTADORA DE NUESTRA LIBERTAD?


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 ¡Alma incorpórea, abarcando la totalidad!


Nos sentimos completamente libres cuando nuestras reflexiones se generan desde lo más profundo de nuestro ser. Pensamientos puros expandiéndose hacia el Infinito; pensamientos puros permaneciendo en la eternidad.

Somos conciencia de nuestra presencia en el universo; somos nuestra verdadera identidad… y somos la prístina esencia de nuestra unidad.

Nuestro deseo de Libertad es obra de nuestra individualidad.

Fruto de nuestra conciencia (pura) forjamos (nuestra) realidad. Solo, desde el ser, somos generadores de una “realidad libre” (transcendente) y, por lo tanto, verdadera.


Alma, principio rector de nuestros pensamientos

Los pensamientos son los principales instigadores de una búsqueda inquebrantable de independencia. Si no pensáramos no sabríamos en que consiste la Libertad; si verdaderamente existe, si ha existido o si, algún día, existirá.

El Alma es “señora” inherente de la Libertad; prueba de lo intangible, de lo inalterado, de lo eterno, de lo sublime y, en consecuencia, de la verdad.


Alma, principio vital de la PERSONA

El Alma, es memoria vital, renacida de un evento pretérito en su singularidad impar y, por ende, constituyendo la base de nuestro ser.

El Alma de la PERSONA es semejante al “Alma” del universo y contiene lo que el universo contiene. Como una gota de agua impactando en la inmensidad del mar.

El ser, en comunión directa con todo lo que le rodea, instituye la verdadera independencia del individuo a través de su propia intuición y de la observación directa de las leyes de la naturaleza. Es decir: cuando entramos en contacto con la naturaleza, haciendo uso de la intuición y de la observación, somos capaces de fusionarnos con la energía cósmica; fuente creadora de toda vida.

El Alma es la esencia pura del ser, es inicio y fin; pedestal primigenio de la existencia; es origen cósmico de la humanidad y es la máxima representación de la individualidad.

Es una aspiración hacia la Infinitud; sin posibilidad de abarcar lo absoluto. Y es… el ser en permanente unión con el Cosmos.

En definitiva: somos seres espirituales, sin saberlo… ni pretenderlo. Incansables buscadores del porqué de nuestras existencias… Somos autoconciencia. Por todo ello, el Alma, es el ente regente de nuestra conciencia y la base fundamentadora de nuestra Libertad.


Santiago Peña


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lunes, 9 de junio de 2014

SOBRE LA BELLEZA


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¿Qué es la Belleza; qué entendemos acerca de ella?



El término Belleza, en efecto, es ambiguo (de Espíritu, Estética, Literaria, Matemática, Natural, Mistérica, Musical,… etc.) y, como es obvio, generadora de múltiples definiciones. Luego, no nos limitaremos a copiarlas del D.R.A.E. si no que intentaremos ir un poco más allende.

Toda PERSONA, animal, planta o cosa (material o inmaterial), será Bella en el momento en que nos induzca una sensación agradable al Espíritu y, consecuentemente, atracción hacia la misma.

¿Qué marcador es el que nos alerta? La Armonía que, supuestamente, desprende y que, ante la misma (de una forma totalmente subjetiva), seamos capaces de captar, sintetizar y, en conclusión, valorar.

La Belleza es Armonía y fruto de la Creación (del Universo, de la Naturaleza y, como grandes “imitadores”,  de la PERSONA).

La tradición del término Bello se considera esotérica, porque emana del latín “bellus”, diminutivo de “bonus” (inicialmente “duonus”). Expresaba algo así como “bonitísimo” (la belleza decorada). Es interesante observar la conexión que existe entre Bondad (Bien) y Belleza (Bello). Pero, aún, es más sugestivo revelar que las dos provienen de la raíz aria “dheu”, "revelar", al igual que “Beato”, que expresa "feliz". Por todo ello, la vivencia estética, es una vivencia gozosa, causada por la visión de la Belleza.

La experiencia estética está estrechamente entroncada con el hecho religioso y la contemplación mística. Una de las manifestaciones de la divinidad es la refulgencia, o gloria, de su infinita presencia en forma de Luz. “Dios es la Luz”. El objeto contemplado (la divinidad) provoca al sujeto contemplador y lo encadena “lentamente”, llevándolo (“dejarse llevar”) a una sumisión, extremadamente, placentera del Alma.

Espíritu, Forma y Proporción


Espíritu


La Belleza de Espíritu es las más pura, única y transcendente de las múltiples conocidas; surge, de nuestro interior más íntimo, en forma de Luz. Recomiendo redirigirse al artículo METAFISICA DE LA LUZ.

¿Es juicioso en reafirmar que la Belleza es una característica congénita a los seres humanos y, por lo tanto, a sus obras? Si en estos momentos, mientras que escribimos este artículo, nos estamos deleitando con una determinada pieza musical tendremos que admitir que, obviamente,  de la misma nace Belleza.

Pero no olvidemos que, esa experiencia vivencial, es fruto del conocimiento adquirido: tanto desde lo místico-religioso, como desde lo estético. Por lo que se entendería, razonablemente, que alguien con poca experiencia musical no percibiera lo mismo que un notable y versado musicólogo. Por lo tanto, podría ser perfectamente factible que al neófito, con una agudeza auditiva “normal”, se le “escapasen” matices, así, obteniendo una deficiente calidad y, por ende, una incompleta experiencia estética. No obstante, la propia sensibilidad innata podría, “más o menos”, compensar la manifiesta inferioridad debida a una innegable “falta de entrenamiento”.

Forma


Simetría, equilibrio, volumen… Es una Belleza aparente (vacía) y con fecha de caducidad. Se complementa con la Proporción y no aporta nada más.

Proporción - Sobre la RAZON AUREA


El Número Áureo, la Proporción Áurea o Divina Proporción, es la definición matemática de la Belleza en el Arte y en la Naturaleza.

La Proporción áurea nos permite relacionar la creación del género humano, en una Armonía poco más o menos que perfecta,  con la Naturaleza y, por ascendencia, con el COSMOS. La ley de la Proporcionalidad, en el marco de la creatividad humana, nos induce a una búsqueda y recuentro de la humanidad con los Arcanos Superiores de la Naturaleza. No hay relación más perfecta, entre el COSMOS y la PERSONA, que la Proporción Áurea.

(En un posterior artículo nos extenderemos, cumplidamente, acerca de este extraordinario guarismo matemático, también llamado, “Número Dorado”.)

En síntesis, y como norma, diremos que Armonía es: la correcta Proporción entre las distintas partes de un Todo y su consecuencia implicará, invariablemente,  Belleza.



Vibración, como la máxima expresión de Belleza


Cuando, a través de una experiencia sensorial extremadamente placentera, nos sintamos estremecer (vibremos) y que, a su vez,  el Alma transcienda al cuerpo, se podrá llegar a decir, sin lugar a dudas, que habremos alcanzado, en percibir, el zenit de la Belleza: La Vibración del Universo, y de nuestro Ser, será la misma; habremos entrado (armónicamente) en resonancia y Todo será Uno.



Todo, en el Universo, tiene su frecuencia de resonancia, ¡todo!


(Este punto es fundamental para poder entender que es la Belleza y el porqué de un infinito anhelo, fuera de todo entendimiento, de Amarla.)

Somos unidades vibracionales, en permanente estado de emisión y recepción (y si no lo estamos, es que hemos… “transcendido”). Por lo que, indistintamente, atraemos y repelemos. En todo momento estamos emitiendo Belleza (no para todos), de igual manera que la recepcionamos. Somos obstinados buscadores de Belleza pero, a la vez, somos depositarios de la misma.

Sí, en un momento dado de nuestras vidas, captásemos (de forma casi continua) fealdad en nuestro entorno más inmediato, es que estaremos emitiendo, invariablemente, la propia fealdad que creeremos percibir en los demás. Y, de la misma manera que hay un nexo entre Belleza y Bondad, también lo habrá entre fealdad y maldad (odio).

Se Ama lo Bello porque es lo que nos complementa. A todo déficit concluye con una síntesis. La contemplación (visión, audición, captación, sensación,…) de una obra de arte, PERSONA, animal, planta u objeto (material y/o espiritual), que nos atraiga sobremanera, es la prueba de una inconmensurable ansia de comunión con la misma: es Alquimia; es la fusión de “los imperfectos” para, así, obtener “Lo Perfecto”.


La imperfección es pluralidad; la Perfección es la Unidad.
 

La Belleza es imperfecta pero, en un deseo inherente de unión hacia la misma, la “hacemos” Perfecta.


Y siempre recordemos que, la Belleza, habita en nuestro interior.




Santiago Peña




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domingo, 1 de junio de 2014

DE COMO EL TIEMPO DISTORSIONA LA REALIDAD


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¿Qué entendemos por Tiempo?

¿Una ilusión?... ¿Para diversos tipos de dimensiones, diferentes modelos matemáticos?... ¿Nuestras matemáticas sólo son posibles en la (convencionalmente llamada) Escala Media del Universo observado, dando –siempre- por sentado que nos encontremos emplazados en este nivel o gradación?

En consecuencia: La percepción de nuestros sentidos, por un lado, y (a pesar) de un riguroso análisis matemático, por el otro, se ha constado como, sin ningún tipo de ambages, las dos nos engañan. ¿Qué otras posibles salidas nos quedan? La innata Curiosidad, la inconmensurable Imaginación (a modo de gérmenes motivadores) y la anhelada Creatividad, como caminos alternativos para poder entender la Realidad.

En definitiva: el Tiempo nos confunde; nos engaña, distorsionando irreversiblemente la Realidad que creemos captar (vivir).


¿Por qué es así?

El Tiempo, tal como lo aprendimos, es la llamada (académicamente) cuarta dimensión; se le define como escalar, irreversible y, nos atreveríamos a expresar, constante. ¿Por qué no puede haber un “Tiempo Absoluto” -Kant así lo entendió- o, lo que Einstein llamaba, la “Dimensión Real”? Pues… ¡seamos observadores trascendentes!
  
A partir de aquí, diremos: el concepto Movimiento (Espacio) siempre tendrá sentido si existe el Tiempo. En caso contrario ¿qué pasaría? Nada y todo. Por ejemplo, la Vida sería inconcebible. ¿Habría que contemplar otros modos de sucesos dentro del escenario cósmico?

Por consiguiente (y partiendo que el Tiempo, como magnitud física, sí que existe) ¿qué es la Vida? uno más de los múltiples procesos dentro del llamado Universo conocido. Es decir: ¿cómo entendemos el Tiempo? como Vida.

Por lo que la muerte de un ser vivo no es el fin, si no el cambio; el paso a otro tipo de expresión. Somos entes en transición ocupando múltiples etapas; consecuentemente “Eternos”.

“Nuestras” Vidas no son nuestras; no nos pertenecen. Somos simples transmisores de, este extraordinario proceso llamado, Vida. Cuando nacemos –puro cambio de un plano a otro- ya estamos, sincrónicamente, predestinados en el llamado devenir existencial.

¿Qué es únicamente (y en parte) nuestro? La conciencia de lo que somos. No sabemos a dónde vamos, ni de dónde venimos… ¡Pero, lo que sí tenemos meridianamente claro –no todos- es que, sí sabemos quiénes somos!

¿Qué son (y fueron) nuestros padres? dadores de Vida ¿Qué somos para nuestros hijos? transmisores de Vida. ¿Qué son (y serán) nuestros hijos? futuros continuadores de Vida. Por consiguiente: somos nuestros padres y somos nuestros hijos.

¿El Espacio y el Tiempo son dos conceptos inventados por el género humano, o es un conjunto dimensional que trasciende a nuestra propia existencia?

La PERSONA construye su propio Tiempo: El Tiempo es mental.

Premisa primera (y fundamentadora de toda la reflexión): El Tiempo Cosmológico no es el Tiempo de la Humanidad.

Si el pensamiento del hombre es infinito, la idea (o concepto) de Tiempo debería de ser infinita. Pero el límite de la biología de nuestro cuerpo nos determina, u “obliga”, a tener que medirlo. Razón por la que dotamos al Universo (animales, plantas, y cosas) de edad… Sentimos la ineludible necesidad de mensurarlo. Se dice que, cuando un árbol es muy longevo, “no tiene edad”; es inmortal… “El Tiempo no transcurre en él”. Lo Eterno no tiene Tiempo; siempre es y será.

Si consiguiéramos detener la mente -generadora del espacio tiempo- el mismísimo Tiempo se interrumpiría y el Espacio, evidentemente, dejaría de ser.

Desde el Ser existen tantos Universos como entes pensantes; cada uno de nosotros creamos nuestro propio Universo. Universos interactivos, como interactivos son sus creadores. Existe un solo Universo, resultado de la integración de miles de millones de Universos coincidentes…
   
Segunda premisa: El Espacio es infinito

Tercera premisa: El Tiempo es infinito

Y se les denomina  términos, o conceptos, singulares, porque son dos representaciones de una misma Realidad:

  • Espacio, es el tiempo transcurrido por un objeto en desplazarse entre dos (o más) puntos cualesquiera.

  • Tiempo, es el espacio recorrido por un objeto en desplazarse entre dos (o más) puntos cualesquiera.

Expongamos la definición, por excelencia, de Tiempo (DRAE): “Magnitud física que permite ordenar la secuencia de los sucesos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro”.

¡Bien!… ¿de todo ello qué podemos deducir?

Desde el albor de la humanidad, las nacientes sociedades agrícolas, siguieron, escrupulosamente (religiosamente), el encadenamiento del día (una jornada) con la noche (el descanso). Al acontecimiento diurno (y alterno), de trabajar desde el amanecer hasta el anochecer, se la llamó jornada (laboral).

Por lo que, inicialmente (el llamado hombre arcaico), adoptó dos magnitudes complementarias de carácter cósmico: el ciclo (calendario) lunar (relacionado con la tierra y la feminidad) y el ciclo (calendario) solar (relacionado con el cielo y la masculinidad) que, como es obvio, se irán repitiendo sin límite de continuidad.

¡Esa es la única, e indiscutible, Verdad!

La Humanos (como, teóricos, máximos representantes de la Vida), y el resto de los seres vivos (aquí en la Tierra), tenemos un principio y un fin: por lo tanto, formamos parte del Tiempo… y somos creadores de nuestro propio Tiempo.

El Tiempo aliado de la mortalidad. Prueba de todo ello es la sacralización cíclica del Tiempo. El “Mito del Eterno Retorno” es una constante en nuestro devenir histórico. Siempre estamos naciendo,… siempre estamos muriendo,… cuan Ave Fénix,… de nuevo,… una vez más:

Ayer me acosté y era uno; hoy soy otro ¿y mañana?... ¡no lo sé!


Santiago Peña


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